Homenaje a la azafata

Homenaje a la azafata

Porque nos acomodan en nuestra angosta butaca. Porque revisan que llevemos bien atado el cinturón. Porque siempre nos sonríen. Porque todos, alguna vez, nos enamoramos de una de ellas. Porque entonan con una atractiva cadencia esa mítica frase: “¿Pasta o pollo?”. Porque nos instruyen y preparan (con recia paciencia) para sobrevivir a una tragedia aérea. Porque alguna vez han sido musas. Porque resisten de un modo ejemplar los invites de ociosos viajeros. Porque representan, de alguna manera, otra manera de viajar… Por todo ello y por tantas otras cosas, las azafatas merecen este sencillo, pero sincero homenaje.   

Regreso de Perú (pronto escribiré de este mágico destino) en un largo viaje en la clase turista de un Boing 767-300. Fila 33. Butaca A. La tripulación de LAN es (toda) es ecuatoriana. Azafatas jóvenes y prestas que se mueven con un entrenado sigilo y una seductora agilidad entre los pasillos timoneando aparatoso carritos de metal.

El mito de la azafata renace en mí. Ellas representan al viajero incansable que, cuál piedra de Sísifo, regresa una y otra vez al punto de partida unas pocas horas después de haber pisado el anhelado destino.      Apunta Santiago Rusiñol que “si fuera cierto que viajar enseña, los revisores de billetes serían los hombres más sabios del mundo”. Algo similar se podría decir de las azafatas de avión. Su vida es un viaje. Ir. Volver. Ir. Volver. Ir…

La máxima de Rusiñol es acertada: Viajar no significa siempre aprendizaje. O si se prefiere: A viajar se aprende. No basta con desplazarse.  Sin embargo, alguien debe rescatar el importante rol de estas “aeromozas” elegantes y educadas cuya vida es un constante trasiego entre el cielo y la tierra.

Quizás no sean conocedoras expertas de los puntos geográficos que comunican, pero, sin duda, en su memoria atesoran infinidad de anécdotas, historias de vida, testimonios… Ellas pudieran ser las cronistas perfectas de unos viajes que empiezan en un aeropuerto y finalizan en otro. Y si como nos enseñó Ulises, lo mejor de un viaje no es el destino sino el camino recorrido para llegar a él, el sendero de las azafatas es tan etéreo como mágico: El cielo. 

Gracias.

(Entre Lima, Guayaquil y Madrid en un vuelo de Lan Perú, Julio de 2008).